Un puente que nos devolvió en el tiempo

Por: Lorena Acevedo

Mediante una ilusión óptica, se pudo ver un pedacito de la quebrada Santa Elena que recorría La Playa en el siglo XIX.

Habían pasado diez días desde que comenzaron a verlos clavados en el suelo tomando medidas y pintando el asfalto con la paciencia y método de un relojero. La gente que pasaba no entendía bien qué diablos era aquello que Daniel Gómez y Federico Fernández hacían con 20 galones de pintura en jornadas de nueve y hasta doce horas ininterrumpidas.

Como se trataba de una obra que no podía entenderse hasta tanto no se terminara, la gente llegó a pensar que Daniel y Federico inventaban a medida que avanzaban. Otros pasaban y preguntaban si acaso los artistas no estarían coloreando un escudo del Nacional o pintando un marrano de esos de nochebuena; o por qué no, una calavera. Un señor llegó a decir que si aquella pintura que aún no tomaba forma no sería tal vez el mundo enfermo.

Una vez terminada la obra, Daniel puso la cámara de su celular frente a un vecino de La Playa que desde hacía un rato trataba de encontrar figuras parado desde diferentes ángulos. Cuando el hombre pudo ver a través de la pantalla abrió los ojos y dejó salir varias lágrimas; luego conmovido abrazó a Daniel. Era la impresión que le generaba ver la quebrada Santa Elena otra vez limpia, destapada, tal como era a finales del siglo XIX.

Lo que hicieron Daniel y Federico fue aplicar en el suelo la técnica del anamorfismo, que es una deformación reversible de una imagen que, para poder verla correctamente, el observador debe ubicarse en un punto específico, desde donde la perspectiva elimine la deformación. Es un efecto mágico, difícil de creer. Es, como dice Daniel, mirar una pintura en el piso y no ver nada, pero observarla a través de una pantalla y encontrar una revelación, en este caso una quebrada, un paisaje que solo gravitaba en la memoria de los abuelos.

Los artistas invirtieron casi cuatro meses en la investigación, haciendo maquetas y trazando bosquejos, siempre bajo un techo, en la comodidad de un estudio, hasta que en diciembre trazaron las primeras líneas en tiza sobre la calle. La obra, cuyo resultado era incierto, se enfrentaba a su mayor obstáculo: la intemperie.

Era imposible que la ilusión óptica no despertara la nostalgia de que aquellos que, siendo jóvenes, alcanzaron a ver La Playa descubierta de cemento. “Lo bonito fue que sentimos que hicimos algo para la gente. Y no porque tuviésemos esa intención, sino que ese fue el efecto del encuentro de ellos con la obra. Les trajo recuerdos, sueños guardados. Los viejos sintieron el anhelo de una ciudad que andaba a otra velocidad”.

Desde el principio Daniel y Federico supieron que la obra, pese a su magnitud, sería efímera, pues se hizo en función del registro, de las fotos. Sin embargo, lo que no calcularon fue la impresión que les quedó a los vecinos que vieron la obra plasmada en La Playa, una impresión muy parecida a haberse devuelto 100 años en el tiempo.


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