El rastro de Elena

Por: Valeria Zapata Giraldo

Episodio 2: Las raíces de Elena

Ese día, caminando, experimentamos varios tipos de oasis.

Al primero de ellos llegamos luego de haber tomado un bus que nos llevó desde el sector de Las Mellizas hasta la cascada de Medialuna, en la vereda del mismo nombre, la primera del corregimiento de Santa Elena.

Lejos de la ciudad y de los factores que configuran el estado de la quebrada, encontramos que en ese punto ella era distinta: pura y armoniosa. El agua caía precipitada y cristalina desde un alto empedrado, logrando que no hubiese universo que moldeara su espíritu, pues mas bien este envolvía el universo de sus visitantes.

El segundo momento catártico vino con la lluvia con la que finalmente nos encontramos. Decidida a no ceder, algunos de los caminantes no vieron más opción que tomar un bus de vuelva a la ciudad. Los otros le hicimos tregua recibiéndola sobre nuestras pieles, chaquetas y paraguas. Así, emprendimos el camino del “Tirabuzón-La Aguada”, que hace parte de la ruta de sendas pre hispánicas que construyeron los indígenas desde Turbo, Antioquia, hasta el Río Magdalena.

“Para los indígenas, el ser humano es caminando”, decía Juan Esteban a medida que ascendíamos por la ruta. Nos contó de los avanzados métodos que utilizaban, como el cálculo de trazos diagonales en el empedrado para sacar el agua del camino.

En un primer tramo, atravesamos bosques de pino con un suelo acidísimo, especie de árboles que a pesar de estar en diversas partes del país, no hacen parte de la flora nativa, y fueron plantados como resultado de proyectos de reforestación para la obtención de madera.

Subiendo un poco más, el suelo cubierto de piñas y ramas de pino secas se iba transformando en suelo fértil donde crecen variedades de orquídeas del tamaño de la punta de un dedo, hongos comestibles llenos de nutrientes y árboles nativos sobre los que la bromelias reposan plácidamente.

Paso tras paso por la pendiente, el techo verde y frondoso iba abriendo sus compuertas a la luz blanca del cielo. Cuando llegamos a la cima, vimos nuestro tercer oasis; tras la niebla se ocultaba una casona de paredes blancas adornadas con canastas y jardines de flores coloridas. Este refugio de Corantioquia llamado “La Aguada” nos recargamos de energía y ánimo con provisiones y un café dulzón antes de conocer el tramo al que este camino debe su nombre: el tirabuzón.

Retomamos el camino enroscado de rieles enroscado, ascendiendo infinitamente como en la enredadera del cuento de Las Habichuelas mágicas hasta ver el cuarto oasis al final del trayecto: una cerca de madera que da entrada a la vereda El Plan de Santa Elena. Allí respiramos el triunfo dispersado en el oxígeno limpio que no se encuentra en la ciudad.

Montados en el bus, un camino que cruzamos por cerca de siete horas a pie, lo devolvimos en escasos veinte minutos hasta el Teatro Pablo Tobón. Eso, si quisiéramos entrar en cálculos como lo solemos hacer en nuestro día a día en el que nuestras acciones están condicionadas por el tic, toc, más rápido, más apurados, más eficaces, etc. Pero, en nuestro recorrido, la Santa Elena había logrado incluso arrastrar el tiempo quebrada abajo.

Alcaldía de Medellín, Medellín, Antioquia
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