El rastro de elena

Por: Valeria Zapata Giraldo

Episodio 1: La ciudad

Caminábamos en fila india, uno tras otro, tras otro, tras otro, hasta completar los 22, bordeando el cauce de la quebrada Santa Elena. Esa mañana del 13 de diciembre hacía un clima indeciso, entre un sol brillante y un tumulto de nubes que se venían en dirección contraria a nuestro paso anunciando un pronto -y lluvioso- encuentro.

Quienes nos sumamos a caminar “uno tras otro” éramos un grupo de habitantes de Medellín que, convocados por las redes sociales de Días de Playa -proyecto de ciudad para dar nuevos aires al centro- madrugamos ese sábado para cumplir una de las tareas que se debía esta ciudad desde hace tiempo: recordar la quebrada Santa Elena.

El caudal, que nace en el Alto del Cerro del corregimiento de Santa Elena al oriente de la ciudad hasta desembocar en el Río Medellín, fue el eje de poblamiento y desarrollo más importante para los primeros habitantes del Valle, cuando la ciudad era apenas una aldea a la que llamaban la Villa de la Candelaria. A sus orillas construyeron casas, mercados, iglesias y puentes para atravesarla de lado a lado y dar elegantes paseos en carrozas o a pie.

No obstante, “muy desagradecidos” -diría la Santa Elena-, luego de haberle sacado provecho abasteciéndose de su agua, pero a la vez usándola como cloaca, la población de Medellín decidió a finales de los años 20 canalizarla y tirar pavimento sobre ella para constituir la Avenida La Playa. En nuestros días la quebrada aun se abre paso en la ciudad, sepultada bajo el asfalto. Sin embargo, desde los límites de la ciudad en la Casa Museo de la Memoria hasta su nacimiento, la quebrada goza de libertad condicional, pese a estar canalizada por tramos.

Entonces partimos uno tras otro, tras otro, en compañía de Juan Esteban Ángel, guía ecológico de la empresa de cicloturismo Barranquero, y Norberto López un botánico que gracias a la pasión por su oficio y memoria infalible para recordar los nombres de cada especie de la flora que encontramos con sus características, terminamos por llamarle “Profesor Yarumo”.

Resultamos tan metidos en el cuento con Yarumo, que hasta creímos haber descubierto una nueva especie de árbol en el camino, por el barrio La Toma. De sus ramas se desprendían frutos alargados de tela, en forma de un par de círculos consecutivos separados por un valle angosto. Tenían diferentes motivos, de bolitas, de encaje, de colores planos o coloridos. Algunos caminantes lo llamaron “El árbol de los deseos”.

“De esos árboles uno podría escribir una novela” decía Juan Esteban de los árboles de brasieres colgantes que se asentaban a lado y lado de la quebrada. Así que como entretención en la subida por el pavimento y el aire caliente por el sol, inventamos mitos y supersticiones en torno a la nueva especie. Que las mujeres tiran sus brasieres para que se les cumplan los deseos, que mas bien los tiran los hombres para que les lleguen mujeres, que las mujeres envidiosas lo hacen como ritual de brujería; por nombrar solo algunas.

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“Esto no parece una quebrada sino un río”, decía Juan Esteban en nuestro primer encuentro con el cuerpo acuoso de la Santa Elena. Acostumbrados a escuchar obituarios de ella, nos sorprendimos al ver que allí seguía, viva, al lado del Parque Bicentenario y a pocos metros de la Casa de la Memoria, ingresando imponente al túnel en forma de arco que de la bienvenida al bajo mundo de la ciudad, a robarle la libertad que solo verá hasta que desemboque en el Río.

A pesar del olor tremebundo que acompaña a la versión urbana de la quebrada, alcanzamos a divisar a medida que avanzábamos que algunas personas han hecho del cauce su hogar. Se han establecido en pequeñas madrigueras de asfalto en lo alto de las paredes de cerca de cuatro metros que marcan el camino que sigue la corriente; habitándolas con sus enseres, colchones, y hasta cobijas y telas colgadas haciendo las veces de puertas y ventanas. Otros más afortunados, viven a lado y lado de la quebrada en casas antiguas en tapia y adobe que se han deteriorado con el tiempo, adornadas con materas, flores, y cables de los que se desprenden cortinas de ropa.

Así continuamos nuestro camino, entrando en contacto con el espíritu de la quebrada. Figuramos que este no está solo en las partículas de hidrógeno y oxígeno que la componen; sino en sus tonos café y verde lechoso, en sus olores, pero también en los seres que la habitan. En los árboles, en los brasieres colgados, en las casas destruidas, en las vías paralelas al afluente rodeadas de balcones, establecimientos, venteros ambulantes, niños, ancianos, obreros y recicladores. La Santa Elena es vida, deterioro, energía, olor u otras maneras de adjetivarla, por el universo que la circunda.

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Estiven Noreña, un tipo sonriente de copete levantado que habita este sector de la ciudad, nos ha sabido resolver, antes de terminar este primer tramo de nuestro recorrido, el mito del árbol de los deseos. A nuestra inquietud me responde: “ve yo te voy a comentar, por aquí se hace mucho loco y mucha loca que se sientan al lado de la quebrada a tirar vicio. Ellos reciclan ropa, y si a la loca no le sirve la ropa, ¡la tiran pa’rriba a los árboles!”.

Reacios a desmoronar la ilusión de encontrar una razón más legendaria, lo mejor sería que cada quien se quedara con su verdad: “que las mujeres los tiran para que se les cumplan los deseos, que mas bien los tiran los hombres para que les lleguen mujeres, que lo hacen como ritual de brujería las mujeres envidiosas”…

Alcaldía de Medellín, Medellín, Antioquia
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